Un juramento ante Dios y ante el pueblo
En muchos países de América Latina, presidentes, legisladores y autoridades asumen sus cargos jurando con la mano sobre la Biblia. Ese gesto no es una formalidad ni una foto para la ceremonia. Es poner a Dios por testigo de que se gobernará con verdad, justicia y honestidad.
Sin embargo, una y otra vez, la sociedad ve cómo muchos de esos mismos juramentos se rompen: corrupción, mentira, abuso de poder, promesas olvidadas y decisiones que dan la espalda a los más necesitados. Se juró sobre la Palabra de Dios y luego se gobernó como si esa Palabra no existiera.
El nombre de Dios no se usa en vano
La Biblia es clara: «No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano» (Éxodo 20:7). Y agrega: «Cuando a Dios haces promesa, no tardes en cumplirla. Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas» (Eclesiastés 5:4-5).
Jurar con la Biblia y no vivir sus principios es tomar el nombre de Dios como herramienta política. Es usar lo sagrado para ganar confianza y después traicionarla.
Las consecuencias de un juramento roto
Las Escrituras enseñan que todo lo que se siembra, se cosecha (Gálatas 6:7). Un juramento roto no queda en el aire: trae consecuencias para quien lo rompe y para la nación que conduce. La historia de la región muestra autoridades que terminaron en el descrédito, enfrentando a la justicia o perdiendo la confianza de su pueblo después de haber jurado servirlo.
Pero el daño más profundo lo sufre la gente. Cada promesa incumplida alimenta la desconfianza, el desencanto con las instituciones y la idea de que nada puede cambiar.
Un llamado a quienes gobiernan
Este no es un mensaje contra una persona ni contra un partido. Es un llamado a todo aquel que alguna vez puso su mano sobre la Biblia para asumir un cargo: presidentes, legisladores, gobernadores, intendentes y concejales, de cualquier signo político.
Todavía hay tiempo para honrar ese juramento: gobernar con transparencia, servir a los más vulnerables, decir la verdad y rendir cuentas. Y si no se está dispuesto a vivir los valores de la Palabra de Dios, es mejor no jurar sobre ella.














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