En el marco del Día del Niño, que se conmemora el próximo 16 de agosto, profesionales de salud mental llaman a las familias a reflexionar sobre la importancia de acompañar el desarrollo emocional de niños y adolescentes mediante una mayor presencia, afecto, juego, movimiento y vínculos presenciales.
La Lic. Liz Aguiar, jefa del Área de Psicología del Hospital de Especialidades Quirúrgicas, señala que el crecimiento saludable requiere tiempo compartido, límites, oportunidades de interacción y experiencias reales que permitan a los niños explorar, aprender y desarrollar habilidades emocionales y sociales.
Durante los primeros años, los niños conocen el mundo principalmente a través de los sentidos, el movimiento y el vínculo con sus cuidadores. Más adelante, el juego simbólico, la interacción con otros niños y las actividades compartidas contribuyen al desarrollo de la imaginación, el lenguaje, la autonomía y las habilidades sociales.
La especialista destaca que incluso experiencias que pueden parecer poco agradables, como esperar, perder, equivocarse, resolver conflictos o atravesar momentos de aburrimiento, son necesarias para aprender a manejar la frustración, desarrollar creatividad, cultivar la paciencia y fortalecer la regulación emocional.
JUEGO AL AIRE LIBRE Y EXPERIENCIAS SENCILLAS
Aguiar pone especial énfasis en el valor del juego al aire libre, porque favorece el movimiento, la coordinación, la autonomía, la exploración y el contacto con la naturaleza. Además, estos espacios permiten a los niños comunicarse, compartir, negociar reglas, afrontar desacuerdos y aprender a relacionarse.
Para estimular estas experiencias no se necesitan juguetes costosos. Una pelota, una caminata, una visita a una plaza, una ronda o simplemente disponer de tiempo libre pueden convertirse en oportunidades importantes de aprendizaje y desarrollo.
TECNOLOGÍA: OBSERVAR QUÉ DESPLAZA LA PANTALLA
En cuanto al uso de celulares y redes sociales, la profesional advierte que la relación entre tecnología y salud mental es compleja. Por ello, considera incorrecto afirmar que el celular, por sí solo, provoca ansiedad o depresión.
El problema puede aparecer cuando el uso intensivo o problemático desplaza actividades esenciales, como dormir, jugar, estudiar, realizar actividad física, conversar y mantener vínculos presenciales.
Por ese motivo, recomienda que las familias no se concentren exclusivamente en contabilizar las horas de pantalla, sino que observen qué actividades está desplazando el dispositivo, qué contenidos consume el niño, con qué propósito utiliza la tecnología y cómo se siente después de utilizarla.
También considera importante distinguir entre un uso frecuente y uno problemático. Este último puede implicar pérdida de control y consecuencias concretas sobre el sueño, el estudio, la convivencia, el estado de ánimo o las actividades cotidianas.
REGLAS CLARAS Y EJEMPLO DE LOS ADULTOS
Entre las medidas que pueden adoptar las familias se encuentran establecer momentos cotidianos sin pantallas, proteger el descanso nocturno, mantener los dispositivos fuera de los dormitorios, fomentar la actividad física y los encuentros presenciales y permitir espacios de aburrimiento.
Asimismo, se recomienda acompañar a los niños en la selección de contenidos digitales y establecer acuerdos acordes con su edad y necesidades. Aguiar también llama a los adultos a revisar sus propios hábitos, teniendo en cuenta que el ejemplo familiar es parte fundamental del aprendizaje.
Una herramienta práctica consiste en realizar durante una semana un registro sencillo sobre cuándo se utilizan las pantallas, para qué se utilizan y qué actividades están siendo desplazadas. A partir de esa observación, las familias pueden establecer reglas concretas y sostenibles, como mantener las comidas sin celulares, desactivar notificaciones innecesarias, establecer una rutina nocturna sin pantallas y reservar diariamente un tiempo para el movimiento, el juego y la conversación.
SEÑALES QUE REQUIEREN ATENCIÓN
La dificultad persistente para detener el uso de dispositivos, la irritabilidad intensa ante la falta de acceso, el aislamiento, la pérdida de interés por actividades que anteriormente resultaban agradables, las alteraciones del sueño, una disminución significativa del rendimiento o cambios sostenidos del estado de ánimo son señales que merecen atención.
Estas manifestaciones no constituyen por sí solas un diagnóstico, pero si persisten o interfieren con la vida cotidiana, se recomienda conversar con el niño y buscar orientación de profesionales de salud mental o pediatría.
La tecnología seguirá formando parte de la vida cotidiana y tendrá un papel cada vez más importante. El desafío para las familias, según la especialista, consiste en acompañar a niños y adolescentes para que puedan utilizarla de manera equilibrada, sin que termine reemplazando experiencias fundamentales para su desarrollo: conversar, jugar, moverse, compartir con amigos y contar con adultos disponibles para escuchar y acompañar.














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