Para encontrar un tropiezo de igual magnitud en la misma fase del campeonato de naciones, los libros de historia obligan a un viaje en el tiempo de exactamente 36 años. Fue el 24 de junio de 1990, durante el desarrollo del Mundial de Italia, cuando la selección brasileña sufrió su última gran frustración en los octavos de final, aquella tarde grabada a fuego en el estadio Delle Alpi de Turín.
En aquella oportunidad, el verdugo fue su clásico rival continental, Argentina, en un compromiso que desafió toda lógica futbolística. Brasil llegaba a ese enfrentamiento en condición de invicto y portando el cartel de claro favorito frente a un combinado albiceleste que arrastraba un andar espinoso, diezmado por lesiones y exhibiendo un rendimiento considerablemente menor al que lo había consagrado como monarca mundial en México 1986.
El cerrojo de Turín y la genialidad de Maradona
El desarrollo de aquel choque de 1990 se transformó en un monólogo de la Canarinha, que estrelló múltiples remates en los postes y chocó constantemente contra las intervenciones milagrosas del arquero Sergio Goycochea. Sin embargo, cuando el dominio brasileño parecía total y la prórroga asomaba en el horizonte, emergió la genialidad individual para definir la historia.
Diego Armando Maradona frotó la lámpara en tres cuartos de cancha, arrastró la marca de varios defensores rivales en una apilada memorable y, perdiendo el equilibrio desde el suelo, filtró una asistencia milimétrica para la veloz corrida de Claudio Paul Caniggia. El «Pájaro» eludió con absoluta frialdad al guardameta Claudio Taffarel y empujó el balón al fondo de las mallas, decretando el 1-0 definitivo que significó una de las páginas más dolorosas y prematuras en la bitácora mundialista de Brasil.
El colapso de una racha de tres décadas
Desde aquel fatídico cruce en territorio italiano, la selección pentacampeona del mundo había edificado una barrera infranqueable en la ronda de octavos de final, logrando superar dicha fase con éxito rotundo en las citas de Estados Unidos 1994, Francia 1998, Corea-Japón 2002, Alemania 2006, Sudáfrica 2010, Brasil 2014, Rusia 2018 y Catar 2022.
La prolongada racha, que parecía inmune al paso del tiempo, terminó por desmoronarse por completo sobre los pastos norteamericanos. Treinta y seis años después de la obra de arte de Caniggia y Maradona, fue la potencia física y la efectividad del «Androide» Haaland lo que forzó a Brasil a revivir una pesadilla que creía sepultada en el olvido, firmando un nuevo fracaso histórico que obligará a una profunda revisión en la estructura de su fútbol.















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