Cellammare recordó que hace apenas seis o siete décadas los evangélicos representaban poco más del 1% de la población latinoamericana, mientras que actualmente superan el 20%, con países como Guatemala, Honduras y El Salvador donde la población católica ya es inferior a la mitad de sus habitantes.
El líder evangélico atribuyó este crecimiento a décadas de trabajo silencioso de miles de iglesias locales, que, pese a contar muchas veces con recursos limitados y sin respaldo estatal, han mantenido una labor constante de evangelización, servicio y acompañamiento espiritual.
Asimismo, resaltó el cambio histórico que convirtió a América Latina de un territorio receptor de misioneros en una región que hoy envía miles de obreros al mundo. Señaló que actualmente más de 26.000 misioneros latinoamericanos sirven en diferentes países, consolidando al denominado «Sur Global» como uno de los principales impulsores del movimiento misionero internacional.
Cellamare también puso de relieve el papel desempeñado por las iglesias durante la pandemia y otras emergencias, asegurando que fueron las primeras en asistir a las comunidades afectadas con ayuda humanitaria, alimentos, oración y contención emocional, muchas veces antes que las instituciones públicas.
Igualmente, destacó el aporte de la Iglesia en áreas como la atención en hospitales, cárceles y fuerzas armadas, la educación cristiana, la restauración de personas privadas de libertad, la prevención de las adicciones y del abuso sexual, además de la defensa de la libertad religiosa y el fortalecimiento del diálogo con autoridades gubernamentales.
No obstante, sostuvo que el crecimiento alcanzado también trae consigo grandes responsabilidades. En ese sentido, afirmó que el principal desafío de esta generación es consolidar una Iglesia espiritualmente madura, centrada en la evangelización, el discipulado profundo y el envío permanente de misioneros.
También exhortó a fortalecer la defensa de la libertad religiosa, mantener una relación prudente y bíblica con la clase política, y reforzar la transparencia institucional mediante una administración responsable y el cumplimiento de normas que protejan a las iglesias de posibles intentos de infiltración del narcotráfico y del crimen organizado para operaciones de lavado de dinero.
Otro de los llamados fue a fortalecer la unidad entre las distintas denominaciones evangélicas, privilegiando aquello que une al cuerpo de Cristo por encima de las diferencias doctrinales.
Finalmente, el presidente de la Alianza Evangélica Latina instó a las alianzas nacionales a profesionalizar su gestión mediante estructuras institucionales sólidas, actualizar sus estatutos, promover espacios de oración por las autoridades, impulsar las tradicionales Marchas para Jesús y documentar el aporte histórico de la Iglesia en cada país.
«Lo que Dios ha hecho en América Latina es motivo de profunda gratitud, pero el mismo Dios que nos permitió crecer ahora nos llama a la madurez», concluyó.














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