Durante años, Ángel Ortiz vivió inmerso en un mundo marcado por el dinero fácil, el peligro y las decisiones equivocadas. Con apenas 18 años, fue reclutado por un familiar para participar en el tráfico de drogas entre México y Estados Unidos, una actividad que lo llevó a formar parte de un poderoso cártel.
Durante cuatro años logró evitar a las autoridades y acumuló grandes ganancias. Sin embargo, detrás de esa aparente vida de éxito se escondía una realidad cada vez más oscura. La adicción a las drogas y al alcohol comenzó a consumirlo, mientras las amenazas y los conflictos dentro del crimen organizado ponían constantemente su vida en riesgo.
“Todo parecía emocionante al principio, pero llegó un momento en que ya no sabía cómo salir de esa situación”, recordó.
En medio de esa crisis personal, comenzó a asistir a una iglesia junto a su hermano en Texas. Poco después, algunos de sus antiguos compañeros del narcotráfico fueron arrestados. Cuando los visitó en prisión, quedó sorprendido al escuchar cómo sus vidas habían cambiado tras conocer a Jesucristo.
Aquellos testimonios tocaron profundamente su corazón. Ángel decidió dar un giro radical a su vida y entregarse a la fe.
“Fue algo que me impactó por completo. Entregué mi vida a Cristo y desde entonces todo empezó a cambiar”, contó.
Según relata, dejó atrás las adicciones y encontró una nueva dirección para su futuro. Lo que parecía imposible comenzó a transformarse en una historia de restauración, reconciliación y esperanza.
Años después, tras servir en su congregación y prepararse para el ministerio, fue enviado como misionero a Cuba. Allí, junto a su familia, enfrentó numerosos desafíos para compartir el Evangelio en zonas donde la labor cristiana encuentra importantes obstáculos.

Lo que comenzó como una pequeña reunión en una vivienda fue creciendo con el tiempo. Ángel impulsó actividades evangelísticas, ayudó a establecer nuevas congregaciones y trabajó en la formación de líderes cristianos en distintas ciudades.
Aunque en varias ocasiones enfrentó controles, interrogatorios y vigilancia por parte de las autoridades, asegura que nunca dejó de confiar en Dios.
Hoy, quien alguna vez estuvo atrapado por el narcotráfico dedica su vida a servir a otros y compartir un mensaje de fe, convencido de que ninguna persona está demasiado lejos para experimentar una transformación.















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