El ingeniero David Vate, representante del organismo técnico, confirmó a RCC Radio este martes que la enfermedad se mantiene catalogada como una plaga cuarentenaria ausente en el territorio paraguayo. Sin embargo, encendió las alarmas debido a que países limítrofes y de la región —como Argentina, Brasil y Bolivia— ya han reportado oficialmente su presencia en sus áreas de producción.
Esta cercanía geográfica incrementa considerablemente el riesgo de un eventual ingreso a través de las zonas fronterizas si no se aplican protocolos estrictos de control sanitario.
Al tratarse de una infección vírica, no existen tratamientos curativos ni agroquímicos capaces de erradicar el patógeno una vez instalado en la planta. Por este motivo, la institución enfoca sus esfuerzos en la prevención e insiste en el uso exclusivo de estacas y semillas certificadas para la siembra, evitando el intercambio o la compra informal de material vegetativo de origen desconocido, principal vía de transmisión de esta plaga.
La enfermedad recibe su popular nombre debido a que el virus provoca una proliferación anormal de brotes y deformaciones en las hojas terminales, agrupándolas hasta darles el aspecto característico de una escoba de paja. Se insta a los agricultores a realizar monitoreos constantes en fincas comerciales y huertas familiares para identificar y notificar tempranamente cualquier anomalía visual.
En lo relativo al panorama productivo del Chaco paraguayo, el SENAVE se encuentra acompañando de manera articulada a los agricultores de la región que atraviesan períodos clave de cosecha.
En el rubro de la cebolla, los técnicos trabajan en el registro de parcelas y la emisión obligatoria de la Documentación Fitosanitaria de Tránsito (DFT), un requisito indispensable para que los productores puedan trasladar y comercializar su cosecha hacia los principales centros de abasto de Asunción sin contratiempos con los organismos de control.
Paralelamente, las autoridades sanitarias emitieron una advertencia crucial orientada al sector algodonero sobre la obligatoriedad de realizar la destrucción y eliminación total de los rastrojos postcosecha.
Esta práctica cultural es fundamental e impostergable, ya que los restos vegetativos que quedan en los campos actúan como reservorios y fuentes de inoculación donde se reproduce activamente el picudo del algodonero (Anthonomus grandis), una de las plagas más devastadoras para la producción textil regional.














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