Venezuela posee una de las mayores reservas de crudo del planeta, pero su industria ha sido destruida por décadas de mala gestión, corrupción, purgas ideológicas y aislamiento internacional.
El resultado está a la vista: refinerías paralizadas, producción mínima, infraestructura deteriorada y un Estado sin capacidad financiera ni tecnológica para revertir el desastre.
Frente a ese panorama, ¿qué sentido tiene celebrar que el petróleo “siga siendo venezolano” si permanece bajo tierra, improductivo, mientras el país se hunde en la miseria?
Los defensores del régimen chavista insisten en que el “imperio” ha venido a por los “recursos naturales”. La pregunta inevitable es: ¿y de qué sirven esos recursos si no se explotan en beneficio de sus verdaderos propietarios, el pueblo venezolano?
Un pueblo que hoy carece de capital, de tecnología y de condiciones institucionales para extraer y comercializar su riqueza. La soberanía no se mide por la inmovilidad de un recurso, sino por la capacidad de convertirlo en bienestar, empleo, servicios y desarrollo. Todo lo demás es pura retórica vacía.
Más aún, llama la atención la doble vara moral de muchos autoproclamados defensores de la “soberanía” venezolana. Condenan con vehemencia cualquier acción de Estados Unidos, pero guardan un silencio conveniente —o incluso un abierto aplauso— cuando regímenes como China, Irán o Rusia expanden su influencia en la región.
¿Son acaso estos actores modelos de respeto a la autodeterminación, la democracia o los derechos humanos? ¿O simplemente se los tolera, porque sirven para sostener a un régimen totalitario y fraudulento en el poder “por siempre”?
La lógica indica que Estados Unidos, como principal consumidor y actor del mercado energético internacional, tenga interés en reactivar la industria petrolera venezolana, al menos esa es la idea que ha hecho saber el actual Gobierno de Donald Trump. Pero esa lógica no es necesariamente incompatible con el beneficio del pueblo venezolano.
Por el contrario: una industria modernizada, transparente y eficiente puede generar ingresos, reconstruir servicios básicos, atraer inversiones y facilitar la reinserción del país en el mundo. También contribuiría a estabilizar los mercados energéticos globales, hoy tensionados por conflictos y crisis.
Plantear esta realidad no implica ingenuidad ni idealización de nadie. Implica reconocer que el verdadero saqueo de Venezuela no vino de afuera, sino desde adentro: de un régimen que empobreció a su propio pueblo y empujó al exilio a cerca de 10 millones de ciudadanos. En ese contexto, demonizar lo realizado y quiere realizar Estados Unidos, mientras se justifica el desastre interno, no es defensa de la soberanía; es complicidad con el fracaso.
Al final, la pregunta no es si Estados Unidos se interesa por el petróleo venezolano. La pregunta honesta es si Venezuela puede darse el lujo de seguir dejando enterrado sus riquezas mientras su gente sobrevive en la miseria. Y la respuesta, guste o no, parece bastante clara.














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