La pregunta que resuena hoy en los pasillos geopolíticos es si la oscuridad en la isla es el preludio de un desenlace similar al venezolano. Estados Unidos ha endurecido su postura al máximo; el presidente Donald Trump anunció recientemente que «no habrá más petróleo ni dinero» venezolano para Cuba, cerrando el grifo de los aproximadamente 27.000 barriles diarios que llegaban desde Caracas.
Sin el “mecenazgo” del chavismo, la capacidad de generación eléctrica de la isla se ha desplomado a menos del 10% de la demanda total. La Habana apenas sobrevive con unos 225 megavatios (MW), destinados a servicios críticos como hospitales y centros de alimentos, mientras el resto del país se sumerge en una parálisis que ya obligó a suspender clases y actividades cotidianas por cuarta vez en seis meses.
ENTRE LA ASFIXIA Y EL VACÍO GEOPOLÍTICO
La estrategia de «asfixia total» de la Casa Blanca busca precipitar un cambio de sistema en la isla aprovechando el vacío dejado por Venezuela. Con las remesas bloqueadas y el turismo en caída libre, Cuba intenta desesperadamente buscar sustitutos en países como México, pero la magnitud del déficit energético parece insuperable para un Estado con las arcas vacías.
«Cuba siempre sobrevivió gracias a Venezuela; ahora no tendrán esos ingresos», sentenció Trump desde el Air Force One. Mientras tanto, en las calles de La Habana, el silencio de los semáforos apagados y la débil conexión a internet refuerzan la sensación de que el tiempo se agota para el modelo cubano, cuya supervivencia hoy pende de un hilo tan delgado como sus cables de alta tensión sin corriente.














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