Autodidacta por vocación, Bergasa comenzó a moldear su disciplina en los años 70 al amparo de la Agrupación Fotográfica de Navarra, para luego consolidarse en el agitado ambiente cultural madrileño. Sin embargo, su horizonte nunca se limitó al marco local.

A lo largo de más de cinco décadas de trayectoria, compaginó colaboraciones en prensa y dirección documental con exposiciones en centros clave del arte contemporáneo como el CAAM, el CA2M, el Museo del Barro en Paraguay o la feria ARCO, llegando a ser incluido en el prestigioso Photography Year Book de Londres.
Su obra cumbre —y el testimonio que lo encumbró a nivel internacional— se cocinó a miles de kilómetros de su Pamplona natal. En la década de 1980, fascinado por los contrastes de Latinoamérica, Bergasa se adentró en el corazón del Chaco paraguayo para registrar la cotidianeidad de las comunidades menonitas.
Con un respeto absoluto y una luz magistral, logró traspasar el aislamiento de una sociedad congelada en el pasado. Sus retratos no solo son un hito antropológico, sino una lección de diplomacia visual y humanidad.

El destino ha querido que su despedida coincida con su presencia en las salas de arte. Precisamente esta misma semana, el Museo Universidad de Navarra (MUN) inauguraba la exposición ‘La imagen revelada’, donde parte de su valioso archivo vuelve a dialogar con el público.
Se apaga la cámara de Miguel Bergasa, pero en cada uno de sus fotogramas queda intacto el silencio, la dignidad y la historia de un mundo que él supo inmortalizar como nadie.














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