Para el mundo, Jorge era el representante astuto, el hombre de semblante serio que negociaba en las oficinas de los clubes más poderosos del planeta. Para la estadística, un extécnico químico y exfábrico de Acindar que debió colgar sus propios botines juveniles en Newell’s para cumplir con el servicio militar. Pero para la historia grande de este deporte, Jorge fue sencillamente el padre que no soltó la mano de su hijo cuando el camino era demasiado oscuro.

Mucho antes de las luces del Camp Nou, de las noches doradas en Qatar y de los ocho Balones de Oro, estuvo el barro de Grandoli y el diagnóstico médico que amenazaba con truncar el sueño de un nene menudito. Fue Jorge quien peleó tratamiento por tratamiento, puerta por puerta, cuando los recursos escaseaban.
Fue él quien armó los bolsos y abordó aquel avión hacia Barcelona a principios de milenio, aceptando la mitad de un hogar roto por la distancia: él y Leo en una pensión catalana extrañando los mates, mientras Celia Cuccittini sostenía la otra mitad del alma familiar en Rosario junto a Rodrigo, Matías y María Sol.
«Jorge fue el sostén y la persona que apuntaló con visión, rigor y afecto la carrera del mejor jugador de todos los tiempos», expresaron desde Newell’s Old Boys, el club de sus amores y el primero en rendirle homenaje.
El mensaje refleja lo que todos sabían en el ambiente: detrás del jugador más grande de la historia no hubo un algoritmo ni una corporación, sino la mirada protectora de un padre rosarino.
Se fue el hombre que prefirió el perfil bajo mientras su apellido se transformaba en leyenda. Hoy, mientras la pelota se detiene a modo de respeto, la memoria colectiva abraza a ese muchacho que alguna vez corrió tras una pelota en la bajada de La Tablada sabiendo que, pasara lo que pasara, papá siempre estaba en la tribuna.