Según explicó el funcionario, el retiro se hace efectivo tras cumplirse un año de la notificación oficial, en línea con lo establecido por la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados. En ese marco, el Gobierno aseguró que el país continuará participando en instancias sanitarias, pero bajo esquemas bilaterales o regionales, priorizando —según enfatizó— la autonomía en la toma de decisiones.
La salida no es un hecho aislado ni meramente administrativo. Responde a una línea política que cuestiona abiertamente a los organismos internacionales. Desde la Casa Rosada sostienen que la OMS ha dejado de ser un ente técnico para transformarse en un actor influenciado por intereses políticos, cuyas recomendaciones —según la visión oficial— no siempre se basan en evidencia científica.
DUREZA CONTRA EL ORGANISMO POR SU ROL DURANTE LA PANDEMIA
El Gobierno de Milei fue particularmente duro al evaluar el rol del organismo durante la pandemia de COVID-19. En su momento, calificó las cuarentenas promovidas como responsables de una “catástrofe económica global” y acusó a la OMS de haber respaldado políticas que, en Argentina, derivaron en cierres masivos de empresas, pérdida de ingresos y graves consecuencias sociales.
En esa misma línea, el oficialismo llegó a sostener que ciertas medidas sanitarias podrían encuadrarse dentro de lo establecido en el Estatuto de Roma, elevando el tono de la crítica a niveles inusuales en la diplomacia internacional.
EFECTO DOMINÓ Y ALINEAMIENTOS POLÍTICOS
La decisión argentina se inscribe además en un contexto internacional donde algunos liderazgos han cuestionado el rol de la OMS. Semanas antes del anuncio original en 2025, el entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, había adoptado una postura similar, reforzando una corriente crítica hacia los organismos multilaterales.
Este alineamiento ideológico sugiere que la salida no solo responde a evaluaciones técnicas, sino también a una visión geopolítica que privilegia la soberanía nacional por encima de los esquemas de gobernanza global.
Sin embargo, la ruptura no está exenta de costos. Expertos en salud pública advierten que abandonar la OMS implica quedar al margen de redes clave de cooperación internacional, acceso a información estratégica y mecanismos coordinados de respuesta ante emergencias sanitarias.
El exministro de Salud Adolfo Rubinstein fue categórico: salir del organismo significa perder participación en la definición de políticas sanitarias globales, en los marcos regulatorios internacionales y en la preparación conjunta frente a futuras pandemias.
En la misma línea, el académico Marcelo García Diéguez subrayó que los espacios multilaterales permiten a los países influir —aunque sea mínimamente— en la agenda global, algo que ahora Argentina resigna.
¿AUTONOMÍA REAL O AISLAMIENTO SANITARIO?
Más allá del discurso oficial, la pregunta de fondo es si esta decisión fortalece la soberanía o debilita la capacidad del país para enfrentar crisis sanitarias complejas en un mundo interconectado.
La OMS no solo coordina respuestas ante supuestas “pandemias”, sino que también financia investigaciones, brinda asistencia técnica y articula políticas entre regiones. Renunciar a ese entramado implica apostar a una estrategia más independiente, pero también más expuesta.
El Gobierno sostiene que podrá reemplazar esos vínculos mediante acuerdos bilaterales. Sus críticos, en cambio, advierten que ningún esquema fragmentado puede sustituir la escala y el alcance de un organismo global.
En definitiva, Argentina inicia una nueva etapa en su política sanitaria internacional: una apuesta por la autonomía que, para algunos, representa una recuperación de soberanía; y para otros, un riesgo de aislamiento en un terreno donde la cooperación suele ser la primera línea de defensa.














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