Demattei sostuvo que el abandono escolar no ocupa titulares permanentes ni genera protestas masivas, pero actúa como causa y efecto del subdesarrollo. Paraguay habla de industrialización, de atraer inversiones y de crecimiento económico, pero ignora un dato clave: ese modelo no es sostenible sin capital humano formado.
En un horizonte de diez años, advirtió, el país corre el riesgo de ver cómo los puestos de trabajo calificado son ocupados por extranjeros, mientras los paraguayos quedan marginados por falta de formación.
El diagnóstico es contundente. En amplias zonas del país, especialmente en el área rural, una enorme proporción de estudiantes no logra terminar la educación media. Si no concluyen la secundaria, el acceso a la universidad resulta imposible.
La investigadora apeló directamente a las familias del interior: hacer estudiar a los hijos ya no es una opción, sino una urgencia. Ella misma relató su experiencia personal, marcada por largos desplazamientos para poder continuar sus estudios, una realidad que aún hoy se repite en muchas comunidades.
Aunque existe diversificación educativa, las escuelas rurales están cada vez más vacías. Demattei citó casos concretos de localidades aisladas, con instituciones de modalidad plurigrado, sin oferta de educación media y con barreras geográficas que hacen prácticamente imposible la continuidad escolar. En épocas de crecida de ríos, por ejemplo, muchos estudiantes quedan directamente incomunicados. El problema, subrayó, no es solo de acceso físico, sino de ausencia de una estrategia territorial del Estado.
POLÍTICAS SIN CONSIDERAR LA DIVERSIDAD
La profesional cuestionó duramente a los tomadores de decisión, señalando que las políticas educativas siguen pensándose desde “el mejor escenario”, sin considerar la diversidad real del país. No todas las regiones necesitan el mismo tipo de educación.
En zonas productivas, donde se instalan empresas agrícolas o ganaderas, los empleadores buscan mano de obra local, pero no la encuentran. La paradoja es clara: hay oferta educativa, pero no responde a las necesidades reales de los jóvenes ni del mercado laboral de cada región.
Demattei explicó que, en muchos casos, los adolescentes abandonan el colegio no porque no exista una institución cercana, sino porque el contenido que se enseña no les resulta significativo. El sistema ofrece una estructura rígida, desconectada de la vida cotidiana y del mundo del trabajo. Cuando la escuela no dialoga con la realidad, el sistema pierde estudiantes.
A este escenario se suma un modelo pedagógico obsoleto. El actual diseño curricular, con más de 30 años de antigüedad, fue concebido para un mundo sin internet, sin inteligencia artificial y sin sobrecarga informativa.
Hoy, los estudiantes acceden a información constante, pero la escuela no desarrolla capacidades clave como la autonomía intelectual, el pensamiento crítico y el aprendizaje continuo. No es casual —señaló— que muchos jóvenes afirmen que “no aprenden nada” en la escuela, una percepción que incluso se viraliza en redes sociales.
La pandemia profundizó estas debilidades. Aunque evidenció desigualdades, también dejó en claro que los estudiantes ya manejan dispositivos y tecnologías que el sistema educativo sigue sin integrar adecuadamente. Frente a esta realidad, Demattei propuso avanzar hacia rutas de aprendizaje personalizadas, especialmente para estudiantes con necesidades específicas, una deuda histórica del sistema paraguayo.
PARAGUAY OCUPA EL SEGUNDO LUGAR
Los datos respaldan la alarma. Según estudios del Banco Interamericano de Desarrollo, Paraguay ocupa el segundo lugar en mayor deserción escolar en la región, solo por detrás de Brasil. El abandono comienza, en promedio, a los 13 años. La cifra se mantiene inalterable desde hace décadas: de cada diez niños que ingresan al sistema, apenas cuatro logran terminar la educación media.
La investigadora también abordó el rol de las familias. Si bien reconoció que hoy la mayoría de los padres intenta que sus hijos estudien, persiste una herencia cultural donde el trabajo temprano se percibe como suficiente. Sin embargo, el contexto cambió: el campo está mecanizado y exige nuevas competencias. Saber “sumar y restar” ya no alcanza.
En este punto, Demattei subrayó la importancia de la lectura como base del desarrollo cognitivo. Aun en hogares sin acceso a libros, la lectura puede iniciarse con textos disponibles, incluso la Biblia, como herramienta para estimular la comprensión, el pensamiento y el entrenamiento de la mente. Leer, insistió, es tan fundamental como ejercitar el cuerpo.
Otro aspecto crítico es la sobrecarga de asignaturas sin valor formativo real. El sistema privilegia la cantidad sobre la pertinencia, llenando la currículo de materias que no generan impacto en el aprendizaje. Existen alternativas —como modelos educativos con menos disciplinas y mayor profundidad—, pero su implementación tropieza con una burocracia rígida y centralizada.
Demattei denunció que muchas innovaciones educativas están “en el papel”, pero no se aplican. Incluso con resoluciones vigentes, los colegios —especialmente privados— enfrentan trabas administrativas para habilitar nuevas modalidades. La falta de visión del Ministerio de Educación y Ciencias y la ausencia de una verdadera articulación público-privada impiden avanzar hacia soluciones concretas.
Finalmente, cuestionó el currículo único impuesto desde la capital, que pretende formar a todos los estudiantes por igual, sin atender las realidades productivas locales. Mientras el país ya cuenta con mapas de producción agrícola y ganadera, el currículo educativo sigue desconectado de ese territorio. El desafío, concluyó, es construir una educación contextualizada, alineada con el desarrollo regional y capaz de retener a los estudiantes dentro del sistema.
La deserción escolar no es un fracaso individual. Es el resultado de un modelo que no escucha, no se adapta y no innova. Seguir ignorándolo es aceptar, conscientemente, un futuro de exclusión.














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