A pocos meses del Mundial de Estados Unidos 1994, la vida de Romário dio un giro inesperado. Mientras se preparaba para liderar a Brasil en la máxima cita del fútbol, recibió una noticia devastadora: su padre había sido secuestrado.
Los captores exigían un rescate millonario, cercano a los siete millones de dólares, para devolverlo con vida. Lejos de mantenerse al margen, el delantero dejó clara su postura y lanzó un mensaje que sacudió al país, “Si mi padre no aparece sano y salvo, no jugaré el Mundial”.
La declaración generó una enorme conmoción en Brasil. Romário era la gran figura de la selección y una de las principales esperanzas para conquistar el título. Mientras las autoridades intensificaban la búsqueda, surgieron versiones que aseguraban que incluso grupos vinculados a las favelas se movilizaron para ayudar a encontrar al padre del futbolista y evitar que la estrella se perdiera la Copa del Mundo.
Cuando Romário regresó a Brasil para afrontar la situación, su padre ya había sido localizado, poniendo fin a una de las semanas más angustiantes de su vida.
Con el problema resuelto, el atacante pudo concentrarse en el torneo. Y su impacto fue decisivo. Marcó cinco goles, lideró a la selección brasileña rumbo al título y terminó siendo reconocido como el mejor jugador del Mundial de 1994, convirtiéndose en una de las grandes figuras de la historia de la Canarinha.
