Durante su intervención, el dirigente cooperativo recordó que el cooperativismo nació como una respuesta solidaria a los abusos del capitalismo industrial del siglo XIX, pero sin caer en los extremos del socialismo materialista. “En una época de pobreza, explotación y desigualdad, el cooperativismo surgió como una alternativa profundamente humana y cristiana, que puso a la persona antes que al capital”, señaló Fast.
El orador explicó que, mientras el marxismo y el socialismo buscaron transformar la sociedad destruyendo instituciones fundamentales, como la propiedad privada, la familia y la fe, el movimiento cooperativo se formó sobre principios opuestos: la dignidad humana, la libertad, la responsabilidad y la ayuda mutua, valores enraizados en la cosmovisión bíblica y en la fe en un Dios creador y justo.
Dijo que, en ese contexto histórico, el pastor protestante Friedrich Wilhelm Raiffeisen —considerado el padre del cooperativismo rural— fundó en 1864 la primera cooperativa de ahorro y crédito en Alemania. Fast dijo que, inspirado por su fe cristiana y movido por la pobreza que veía en el campo, Raiffeisen promovió una fórmula sencilla pero revolucionaria: autoayuda, autogobierno y autorresponsabilidad.
“Raiffeisen comprendió que para vencer la pobreza también era necesario vencer la dependencia. Decía: ‘Lo que uno solo no puede lograr, muchos en conjunto sí pueden lograr’. Esa visión de comunidad, nacida de su fe, transformó pueblos enteros y dio origen a un modelo de desarrollo inclusivo”, destacó el expositor.
El cooperativismo, añadió, no es una ideología política ni un sistema intermedio entre capitalismo y socialismo, sino un movimiento ético y espiritual que promueve la equidad, la democracia participativa y la prosperidad compartida bajo el principio de una persona, un voto.
Señaló que el pensamiento cristiano influyó no solo en las primeras cooperativas europeas, sino también en el desarrollo de instituciones sociales, financieras y educativas que marcaron el rumbo del mundo moderno. “No se puede comprender el cooperativismo ni el progreso de Occidente sin reconocer su raíz judeocristiana. Las universidades, la ciencia moderna y las instituciones libres nacieron de esa convicción de que el ser humano, creado a imagen de Dios, tiene valor y propósito”, sostuvo.
SU INFLUENCIA EN EL PARAGUAY
Alfred Fast manifestó que en el Paraguay esa herencia se tradujo en un vasto movimiento cooperativo con profundas raíces cristianas, que se refleja en los valores de solidaridad, trabajo, ahorro, confianza y servicio comunitario. Acotó que las cooperativas paraguayas no solo dinamizan la economía, sino que también sostienen proyectos de desarrollo social, educación, salud y apoyo familiar en todo el territorio nacional.
El expositor concluyó su mensaje con un llamado a recuperar los fundamentos espirituales que dieron vida al movimiento cooperativo: “Hoy enfrentamos amenazas que buscan socavar la dignidad del individuo y los valores de la familia. No podemos ser espectadores pasivos. Debemos volver a poner a Dios en el centro de nuestras familias, de las organizaciones, de la economía y del gobierno. Sin Él, perdemos la esencia y el espíritu que dan sentido a todo lo material”, enfatizó.














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