La pastora Lyda Elena Arias, manifestó que las expresiones de Petro no pueden ser minimizadas como simples reflexiones personales. «Parecen desconocer que las palabras del presidente no son personales, sino institucionales», señaló. Sobre el punto, recordó que el Artículo 19 de la Constitución Política de Colombia garantiza no solo la libertad religiosa, sino también el respeto integral a las creencias.
Manifestó que para los millones de ciudadanos que basan su vida en las enseñanzas bíblicas, la figura de Jesucristo es sagrada e innegociable. «Cuando se falta el respeto a la persona divina de Jesucristo, se agrede la integridad espiritual de millones de creyentes. La palabra es clara: la muerte y la vida están en el poder de la lengua», enfatizó, citando la responsabilidad ética que conlleva el discurso presidencial.
¿HUMANIZACIÓN O DISTORSIÓN IDEOLÓGICA?
Al ser consultada sobre si los dichos de Petro podrían considerarse un ejercicio intelectual de «humanización», dijo que el límite se rompe cuando se contradice públicamente la doctrina bíblica desde una posición de poder político. «Para la Iglesia, Jesucristo es el Hijo de Dios, no una figura ideológica ni un concepto que pueda interpretarse sin respeto. Distorsionar su persona es una ofensa directa a la fe cristiana», explicó, subrayando que Cristo es «el mismo ayer, hoy y por los siglos».
La organización denunció que estas afirmaciones desvirtúan y menosprecian la cosmovisión cristiana, rompiendo la neutralidad estatal obligatoria en un Estado laico. Según la Confederación, el Estado debe respeto frente a todas las confesiones, bajo el principio de «dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
UN PRECEDENTE QUE DEBILITA LA PAZ
Uno de los puntos más críticos señalados es el impacto que este tipo de retórica tiene sobre la convivencia nacional. CEDECOL considera que se está sentando un precedente preocupante al normalizar la burla y la intolerancia desde el más alto cargo del Estado.
«Se debilita profundamente el tejido social. La fe cristiana ha sido un pilar de reconciliación y esperanza en Colombia durante décadas de violencia. Al ofender a Dios y a la Biblia, se hiere la confianza entre el Estado y los creyentes», afirmó la pastora.
Finalmente, apeló al espíritu pacificador, recordándoles al Gobierno que «la paz se construye con respeto y no con provocación», y que, conforme a las Escrituras, «Dios no puede ser burlado».














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