El problema del silencio en la iglesia es tan antiguo como la fe misma. El acto de pecar, tal como se relata en el Génesis con Adán y Eva, tuvo una consecuencia inmediata: la vergüenza y el deseo de esconderse. Este patrón histórico se repite hoy, donde los temas de la sexualidad desordenada son silenciados o tratados superficialmente.
La problemática se ha exacerbado con la irrupción de las redes sociales y el acceso irrestricto a contenido que alimenta el pensamiento pecaminoso. La mente es el campo de batalla donde el pecado sexual inicia y crece, llevando a creyentes a vivir una doble vida: por un lado, levantan sus manos en adoración o sirven en el liderazgo; por el otro, están atrapados en una lucha interna con la perversión.
INSUFICIENCIA DE LA RESPUESTA UNILATERAL
La simple exhortación espiritual o la invitación para asistir a un servicio no es suficiente para abordar las perversiones sexuales, que a menudo se encuentran en un «nivel de más necesidad». Decir «Dios te bendiga» o «estás en pecado, necesitas salir de esa situación», sin ofrecer herramientas concretas de sanación y proceso, es quedarse a mitad de camino.
El tratamiento efectivo requiere un proceso que integre tanto la fe como la ciencia. Es aquí donde radica la necesidad de que la iglesia adopte un enfoque dual y complementario: Tratamiento Espiritual: Fortalecer la fe, la adoración y la conexión con Dios como fuente de cambio y perdón.
Tratamiento Profesional/Científico: Reconocer que en los casos más arraigados se necesita la intervención de profesionales de la salud mental o la terapia. La ciencia ofrece herramientas, diagnósticos y procesos necesarios para sanar patrones de conducta y traumas profundos.
Las iglesias que aborden este tema deben hacerlo de ambas maneras para enseñar, guiar y liberar de forma integral. El amor y la misericordia deben ir de la mano con la sabiduría profesional para sacar al creyente de la vergüenza, el aislamiento y la doble vida.














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