Ballard relató que una de sus investigaciones se desarrolló en medio del conflicto Rusia–Ucrania, reflejada en su última película-documental “La Guerra Oculta”, estrenado en Asunción el jueves pasado. Dijo que su equipo ingresó a zonas de guerra tras detectar indicios de una red de trata integrada por ciudadanos europeos, específicamente fugitivos de los Países Bajos, que operaban simultáneamente en Latinoamérica y Europa del Este.
Según su descripción, estos criminales administraban un “hotel ilícito” para la explotación de menores, reclutando niños tanto de Ucrania como de países latinoamericanos. Esta operación, afirma, fue posible gracias a la existencia de rutas clandestinas que conectan continentes y que se nutren del desorden que generan las guerras y las crisis humanitarias.
Sin embargo, las acusaciones de mayor impacto no apuntaron solamente a redes criminales transnacionales. Ballard sostuvo que parte del problema se perpetúa porque existen “estructuras oscuras” insertas en gobiernos, organismos públicos e incluso instituciones religiosas que, según él, han actuado para encubrir abusos graves.
Aseguró que estos sectores, a los que denomina “Deep State” o “gobiernos en las sombras”, funcionan como protectores de abusadores, encubriendo casos para evitar “daños reputacionales” o para sostener intereses internos.
“LA REPUTACIÓN NUNCA PUEDE SER MÁS IMPORTANTE QUE JESUCRISTO Y LOS NIÑOS”
El activista afirmó que ha recibido advertencias directas para no investigar ciertos ámbitos relacionados con estas instituciones, especialmente cuando —según su versión— se trata de denuncias vinculadas a rituales de abuso sexual o prácticas de carácter sectario infiltradas en estructuras religiosas. “Reputación nunca es más importante que Jesucristo, la verdad y los niños”, expresó, criticando duramente la decisión de líderes religiosos que habrían optado por ocultar escándalos antes que proteger a las víctimas.
Ballard también sostuvo que la publicación de “La Guerra Oculta” enfrentó fuertes intentos de censura. Indicó que grupos con poder económico y político habrían intentado impedir el estreno del documental en 2023, llegando incluso a promover acciones legales y campañas de desprestigio.
Según su relato, más de 10 millones de dólares habrían sido destinados a frenar la difusión de la obra. Tras dos años de disputa, afirma que lograron superar los bloqueos y llevar la película a los cines, lo cual considera una victoria frente a quienes “no querían que el mundo viera lo que está sucediendo”.
El documental se centra en operaciones de infiltración, testimonios de víctimas y escenas reconstruidas de redes dedicadas a la explotación sexual infantil. Ballard sostiene que su trabajo no busca solo visibilizar los crímenes de los tratantes, sino exponer los mecanismos de protección que —según él— mantienen viva esta industria criminal: silencios institucionales, intereses ocultos y estructuras que actúan desde las sombras con apariencia de legitimidad.
Con estas declaraciones, “La Guerra Oculta” no solo se presenta como un documental de denuncia, sino como un desafío directo a sistemas de poder que, de acuerdo con Ballard, tienen responsabilidad —por acción u omisión— en la expansión global de la trata infantil. El debate queda abierto, en un tema donde la oscuridad, los intereses cruzados y el silencio siguen siendo aliados de una de las peores violaciones de derechos humanos en la actualidad.














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