Es, sin duda, una excelente noticia. Pero también es una bomba de tiempo para un sistema jubilatorio diseñado para finales del Siglo 19, pero que se encuentra en obsolescencia en el Siglo 21.
Cada año más ciudadanos paraguayos alcanzan la edad de retiro y permanecen más tiempo cobrando beneficios. Sin embargo, el esquema vigente —basado en el régimen de reparto— sigue dependiendo de que los trabajadores activos financien a los jubilados actuales. Cuando la población envejece y la relación entre aportantes y beneficiarios se estrecha, la ecuación deja de cerrar.
Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), hoy existen entre 330.000 y 340.000 funcionarios públicos. De ellos, unos 217.000 aportan a la Caja Fiscal, alrededor de 45.600 al Instituto de Previsión Social (IPS) y otros 12.600 a diferentes cajas.
Con el aumento de la longevidad, todos estos sistemas deberán pagar jubilaciones durante más años. ¿De dónde saldrá el dinero si la base de aportantes no crece al mismo ritmo?
El debate público se ha centrado en si conviene elevar la edad de jubilación a 65 años. Pero ese es apenas un parche. El problema no es solo cuándo nos jubilamos, sino quién paga realmente esa jubilación.
El modelo de reparto genera una ilusión peligrosa: hace creer que el Estado garantiza el beneficio, cuando en realidad lo sostienen los trabajadores activos y, cada vez más, los contribuyentes vía impuestos. En contextos de déficit, eso significa presión fiscal, endeudamiento o recortes futuros.
Si vivimos más, debemos ahorrar más. Y hacerlo bajo un esquema en el que cada trabajador financie su propia jubilación, mediante un sistema de capitalización individual (demonizado en los 90’s en nuestro país). Un modelo similar al implementado por Chile, donde el ahorro previsional no solo respalda las pensiones, sino que también se convierte en un motor de inversión, mercado de capitales y crecimiento económico.
En ese esquema, el dinero no desaparece en un fondo común que depende de la demografía. Se acumula, se invierte y genera rentabilidad. Forma parte de un círculo virtuoso: más ahorro interno, más inversión productiva, más empleo y mayor crecimiento.
Paraguay necesita una reforma jubilatoria profunda, no cosmética. Una reforma que rompa con el esquema de reparto que inevitablemente conduce a déficits crecientes en una sociedad que envejece. Una reforma que premie el esfuerzo individual, garantice propiedad sobre los aportes y reduzca la dependencia del presupuesto público.
La longevidad es una conquista del desarrollo. Pero sin una transformación estructural del sistema previsional, esa conquista puede transformarse en crisis fiscal.
Vivimos más. Es hora de reformar mejor.














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