No se trata aquí de discutir el contenido del acuerdo, sino la forma y el nivel institucional en el que fue suscrito. En diplomacia, las formas importan tanto como el fondo, porque reflejan el respeto entre los Estados y la jerarquía de sus autoridades.
El mandatario paraguayo, sonriente de oreja a oreja, estampó su firma junto al subsecretario del Departamento de Estado, Christopher Landau, y lo exhibió para la foto. Además, curiosamente, estaba sentado y el funcionario inferior estadounidense de pie. ¿Qué significa eso? «Averígualo Vargas», decía un personaje político de tiempos idos.
Desde cualquier óptica protocolar, esto resulta problemático. Un jefe de Estado no firma acuerdos internacionales con funcionarios de rango inferior dentro de la estructura administrativa de otro país. En el plano de las relaciones exteriores existe un principio básico de equivalencia jerárquica: los documentos se suscriben entre pares.
En otras palabras, si el acuerdo iba a ser firmado por el presidente de la República, el interlocutor natural del lado estadounidense debió haber sido el Presidente del citado país o, en última instancia, por el secretario de Estado (Marco Rubio), que tampoco vino a participar de la Asunción al mando del flamante presidente chileno, Antonio Kast.
Alternativamente, el documento pudo haber sido rubricado por los responsables de la política exterior de ambos países —el canciller paraguayo y su contraparte— o, en su defecto, por los subsecretarios de ambos gobiernos. Lo que no corresponde es que el jefe de Estado paraguayo descienda en la escala protocolar para firmar con un funcionario de rango menor.
Peña, para disimular, explicó (ya lo hizo muchas veces), que el acuerdo busca fortalecer los mecanismos de coordinación y capacitación en seguridad, ampliando las posibilidades de cooperación entre Paraguay y Estados Unidos.
Ese puede ser el objetivo, y en Paraguay ya se discutió bastante, y a estas alturas el acuerdo ya está aprobado por ambas cámaras del Congreso paraguayo. A propósito, habría que ver si el Ejecutivo norteamericano hizo lo propio con su parlamento, o es que “no hacía falta”.
El encuentro se produjo en Chile, en el marco de la asunción del nuevo presidente chileno, Antonio Kast. Sin embargo, el contexto no cambia el problema de fondo. La política exterior no es un trámite menor ni una foto diplomática más. Es la expresión de la dignidad del Estado. Y esa dignidad exige, al menos, que los acuerdos se firmen entre iguales.














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