Para comenzar aclaremos que la Caja Fiscal es apenas una parte del sistema previsional paraguayo, como IPS, ITAIPÚ, ANDE, entre otras, basado en el llamado “régimen de reparto”, donde los trabajadores activos financian las jubilaciones de los pasivos. Un esquema que puede funcionar solo bajo condiciones demográficas, laborales y administrativas muy precisas, que gran parte del mundo dejó de cumplirlas hace muchos años, y también Paraguay, pero siempre se prefirió mirar hacia otro lado.
Hace más de 30 años, cuando ejercía el periodismo económico-financiero en un importante medio de comunicación del país, advertíamos insistentemente que este sistema —al que algunos ilusos denominan “capitalización colectiva”— iba a implosionar. No era una opinión ideológica, sino una conclusión técnica, tal como ya había sucedido entras partes del planeta. Lamentablemente, hoy estamos viendo cómo esas advertencias se convierten en una realidad cruda y dura.
En aquel entonces, como una alternativa, proponíamos el modelo chileno de capitalización individual: un esquema simple en su concepto, pero exigente en su implementación. Cada trabajador joven aporta para su propio fondo jubilatorio, administrado de forma hiperprofesional, con reglas claras, controles estrictos y la supervisión de una Superintendencia de Jubilaciones y Pensiones.
Además, en Chile ese ahorro previsional no solo garantizó jubilaciones, sino también se transformó en una poderosa palanca de inversión, crecimiento económico y generación de empleo. Un círculo virtuoso que benefició a todo el país; casi no tiene endeudamiento externo. Mientras tanto, en Paraguay se lo ha «satanizado» durante estas últimas tres décadas.
En nuestro país la irresponsabilidad política, la presión sindical mal entendida (o tal vez muy bien “entendida”) y, sobre todo, la corrupción, impidieron hacer lo que debía hacerse a tiempo. A cambio, se optó por parches, discursos y postergaciones. El resultado hoy está a la vista, y las demás cajas, como IPS, aparentemente, penden de un hilo.
El actual gobierno decidió avanzar con una “reforma”, pero optó por mantener el sistema, ajustándolo, sin cambiar su lógica de fondo. Entonces, caben hacerse algunas preguntas inevitables: ¿Estamos llegando tarde? ¿Lo aprobado por Diputados será una solución definitiva o apenas alargar la agonía y el colapso definitivo? ¿Esperaremos a que todo se destruya para hacer lo correcto (eso ocurrió en Chile en los 80’s), aun cuando ello implique pisar los callos de ignorantes y acabar con los corruptos?
Siempre sostuve que los cambios estructurales solo son posibles cuando el país cuenta con estadistas gobernándolo, no simples administradores (aprovechadores) de coyuntura, líderes incapaces de pensar más allá de un período presidencial y de priorizar el bienestar de las generaciones presentes y futuras por encima del cálculo político inmediato.
La “reforma” que se intenta implementar para la Caja Fiscal es un paso endeble y lejos está de ser el camino correcto. El verdadero debate previsional, profundo y valiente, sigue pendiente. Y el tiempo —ese juez implacable— ahora ya no juega a nuestro favor.














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