Primer ministro de Canadá en Davos, y la hipocresía en estado puro: el pirómano que ahora grita “¡fuego!”

El actual primer ministro de Canadá, Mark Carney, habló en Davos como si acabara de descubrir las ruinas de un mundo que otros destruyeron. Con gesto solemne, citas cultas y tono de oráculo, anunció que el “orden internacional basado en normas” ha colapsado. Pero lo hizo desde el mismo templo del poder global que durante el 2019 y 2022 (etapa de la falsa pandemia) dictó esas normas, las impuso a sangre fría y castigó sin piedad a quienes osaron disentir. No fue una autocrítica: fue un acto de amnesia selectiva.

Primer ministro de Canadá en Davos, y la hipocresía en estado puro: el pirómano que ahora grita “¡fuego!”

Porque, primer ministro, la pregunta es inevitable y brutal: ¿de verdad cree que el mundo olvidó lo ocurrido entre 2019 y 2020? ¿Olvidó que las potencias hegemónicas —entonces gobernadas por una izquierda radical aliada con las “big tech” y las “big pharma”— fabricaron una narrativa de pánico global, con la complicidad activa de China, para someter a la humanidad a una falsa pandemia convertida en experimento social a escala planetaria? Estados Unidos (con Joe Biden) y Canadá (Justin Trudeau) no fueron víctimas de ese proceso: fueron protagonistas. Ejecutores disciplinados. Exportadores de miedo.

Usted hoy denuncia la “coerción” económica, el uso de la integración como arma, las cadenas de suministro como instrumento de dominación. ¿Y qué fue, entonces, el confinamiento global? ¿Qué fue la censura coordinada, la persecución del disenso científico, la imposición de políticas sanitarias fallidas y obligatorias, la destrucción de economías enteras? ¿Eso no fue coerción? ¿O solo cuenta como coerción cuando ya no la controlan ustedes?

Su discurso en Davos suena, además, como un misil con silenciador dirigido a Washington. No nombra a Donald Trump, pero lo señala. Porque en 2024 el pueblo estadounidense habló con una claridad demoledora y le dio un mandato inequívoco: desmontar esa locura globalista, revertir el orden artificial impuesto por burócratas, lobbies y élites desconectadas de la realidad. Trump no está “rompiendo el orden”; está cumpliendo lo que prometió. Y eso es precisamente lo que irrita a Davos.

Resulta casi grotesco escucharlo advertir contra un mundo donde “una claque de países poderosos o uno solo somete al resto del planeta”, cuando eso fue exactamente el proyecto que ustedes defendieron con fervor. Cuando la izquierda rabiosa gobernaba el hemisferio occidental, con Estados Unidos a la cabeza y Canadá como alumno ejemplar, la consigna era clara: obediencia o castigo. ¿Dónde estaba usted entonces? ¿Denunciando la farsa globalista? ¿Defendiendo a los “sin poder” que hoy cita a Václav Havel? No. Estaba callado. O peor aún, alineado.

Y ya que habla de derechos humanos con tanta soltura, miremos hacia casa. ¿Cómo están hoy en Canadá los derechos humanos reales, no los de discurso? ¿Qué pasó con los ciudadanos que se atrevieron a disentir de la agenda dominante? Los camioneros, los trabajadores, los profesionales que perdieron sus empleos, fueron reprimidos, encarcelados o estigmatizados por no someterse. ¿Ese es el “realismo basado en normas y valores” que usted propone? ¿Ese es el respeto a la dignidad humana que predica desde Davos?

Su predecesor, Justin Trudeau, no ocultó su entusiasmo por el modelo chino de control total de la población. Tampoco su sumisión servil a los movimientos pro-ideología de género, elevados a dogma incuestionable. Bajo su gobierno, Canadá avanzó peligrosamente hacia un Estado que castiga el pensamiento crítico y premia la conformidad (a esa ideología perversa). Entonces, cuando usted hoy se indigna por la “integración convertida en subordinación”, la pregunta quema: ¿es una convicción tardía o una maniobra para reciclar el relato?

Porque, seamos honestos, su problema no es la ruptura del viejo orden. Su problema es que ese orden ya no les pertenece (al menos, por ahora). Que Estados Unidos decidió salirse del libreto. Que alguien se negó a seguir financiando y obedeciendo a Davos. Que el nuevo liderazgo norteamericano “les escupió en el asado” y dejó al descubierto la desnudez moral de todo el sistema.

Puede hablar de coaliciones, de soberanía, de valores y de fuerza. Puede repetir que la nostalgia no es una estrategia. Pero el mundo ya entendió algo esencial: quienes hoy lloran el fin del orden basado en normas son los mismos que lo violaron cuando les convenía. Y esa verdad, por más discursos grandilocuentes que se pronuncien en Suiza, no se puede censurar.

Las interrogantes podrían seguir infinitamente. Pero basta con esta conclusión: Davos ya no impone respeto. Solo revela miedo. Miedo a perder el control, miedo a los pueblos que despiertan, miedo a que la historia les pase factura. Y ese, primer ministro, es el verdadero quiebre del orden.

 

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