De acuerdo con la información que maneja el Estado y reproducida por los medios de comunicación, el hogar es hoy el lugar más peligroso: Contrario a la percepción de inseguridad callejera, las estadísticas locales revelan una verdad incómoda: para la mujer paraguaya, el peligro habita bajo su propio techo.
El escenario del crimen: En el último año, 27 de las 37 muertes ocurrieron dentro de las viviendas. El círculo íntimo: En la gran mayoría de los casos, los agresores fueron parejas (24) o exparejas (7).
Esta tendencia confirma que el feminicidio en Paraguay es mayoritariamente íntimo, alimentado (entre otras cosas) por un “sentido de propiedad” del hombre sobre la mujer, un rasgo cultural que la legislación no ha logrado erradicar, y no sabemos si lo va a lograr.
Las causas, entre el machismo estructural y la falla estatal: Expertos y observadores locales coinciden en que no existe una causa única, sino un engranaje de factores que colapsan:
Cultura del Control: Los celos y la incapacidad de aceptar el fin de una relación siguen siendo los detonantes principales reportados en los expedientes judiciales.
Dependencia Económica: Según el INE, el 31,3% de las mujeres paraguayas no cuenta con ingresos propios, lo que las encadena a situaciones de violencia por la imposibilidad de sustentar un hogar independiente.
Inacción Preventiva: El sistema falla en el monitoreo. En 2025, se registraron casos donde los agresores ya tenían órdenes de restricción vigentes. La falta de presupuesto para tobilleras electrónicas y la escasez de albergues dejan a la víctima en una vulnerabilidad absoluta tras realizar la denuncia.
Normalización de la Violencia: Con un promedio de 104 denuncias de violencia familiar por día, el sistema judicial paraguayo se ve desbordado, convirtiendo la protección en un trámite burocrático lento frente a una amenaza que es inmediata.
CENTRAL Y ALTO PARANÁ: LOS EPICENTROS
La geografía del feminicidio se concentra donde hay mayor densidad poblacional. El departamento Central encabezó la lista en 2025 con 10 casos, seguido por Alto Paraná y Concepción. La urbanización sin políticas de contención social y psicológica efectiva parece ser el caldo de cultivo ideal para el escalonamiento de la violencia.
Aunque el Congreso ha debatido elevar las penas hasta los 40 años de cárcel, la realidad demuestra que el castigo severo no actúa como disuasivo suficiente. La «cura» para esta “epidemia paraguaya” parece residir, no solamente en una reforma educativa que desmonte el machismo desde la infancia y en un Estado que pase de la «reacción» tras la muerte a la «protección» real de la vida, sino también lo espiritual (sobre todo), en la enseñanza bíblica, donde el hombre conozca el origen de la verdadera Hombría, y donde claramente Jesucristo surge como el Modelo a seguir.
EL PARADIGMA PARA SEGUIR
Hace más de 2.000 años, el apóstol San Pablo, en su carta a los Efesios (5:25-30), manda lo siguiente: “Esposos, amen a su esposa, así como Cristo amó a la Iglesia y entregó su vida por ella. Cristo murió para hacer que la iglesia fuera declarada santa, purificándola con el lavamiento del agua por la palabra, para presentársela a sí mismo como una novia, llena de esplendor y belleza. Cristo murió para que la iglesia fuera pura, sin mancha ni arruga, ni nada semejante”.
Y sigue: “El esposo debe amar a su esposa, así como ama a su propio cuerpo; el que ama a su esposa, se ama a sí mismo, porque nadie odia a su propio cuerpo. Todo lo contrario, lo alimenta y lo cuida, así como Cristo cuida a la Iglesia, porque formamos parte de su cuerpo”.
Estos principios pueden quedar en la esfera de lo puramente teórico. Ahora, para practicarlos, primeramente, es necesario conocer (no como una simple concepción religiosa) y rendirse al que dijo: “Yo soy el Camino, y la Verdad y la Vida. Solamente por mí se llega al Padre. Si ustedes me conocieran, también conocerían al Padre”, Juan 14:6.
En este punto, me surgen algunas preguntas claves que, quizás, muchos en el mundo cristiano ya se han hecho, y hasta allí hemos llegado: ¿Qué ha hecho y está haciendo la Iglesia cristiana en general, y la Evangélica en particular, en enseñar la Hombría verdadera al paraguayo, de forma tal que podamos prevenir y reducir estos hechos lamentables? ¿Deberíamos asumir nuestra responsabilidad y reconocer que algo ha fallado en la transmisión de estos principios claros de la verdad de la Palabra de Dios sobre este tema? En consecuencia, lo que queda claro es que debemos actuar y ser parte de la Gran Comisión.
