Lo que oficialmente costaba entre US$ 2.030 y US$ 6.730 terminó, supuestamente, multiplicándose varias veces en el “mercado secundario”, cuya razón de ser se debería exclusivamente a las compras especulativas de las entradas, un mal contra el cual mucho se luchó en el Paraguay también.
Numerosos medios de todo el mundo han coincidido en que, hoy, conseguir un lugar en las tribunas más altas del MetLife Stadium cuesta entre US$ 7.000 y US$ 8.300, equivalentes a entre G. 42 millones y G. 50 millones (tomando un tipo de cambio aproximado de G. 6.100 por dólar).
Las ubicaciones intermedias se comercializan entre US$ 11.000 y US$ 24.000, es decir, entre G. 57 millones y G. 146 millones. Para quienes desean estar cerca del campo de juego, la cifra resulta todavía más impactante: los boletos llegan a costar entre US$ 25.000 y US$ 39.000, o sea, entre G. 152 millones y G. 237 millones.
Y el lujo parece no tener techo. Los paquetes VIP y de hospitalidad oficial se ofrecen entre US$ 15.000 y US$ 155.000 (de G. 91 millones a G. 945 millones), mientras que algunas suites exclusivas superan los US$ 250.000, es decir, alrededor de G. 1.500 millones, lo cual es una verdadera obscenidad.
Más allá de la ley de la oferta y la demanda, resulta inevitable preguntarse en qué momento el fútbol dejó de pertenecer a sus hinchas para convertirse en un espectáculo reservado para quienes pueden gastar cifras equivalentes al valor de una vivienda, un establecimiento rural o varios vehículos de alta gama por un partido que durará 90 minutos, o, en el mejor de los casos, 120.
Lo más llamativo es que numerosos aficionados provenientes de economías muy inferiores a las de Europa o Estados Unidos, incluidos argentinos y paraguayos, han emprendido viaje convencidos de que vivir la final justifica semejante desembolso económico. Para muchos será la “experiencia de sus vidas”; para otros, una muestra de cómo el desenfreno puede terminar imponiéndose sobre cualquier cálculo financiero.
La final entre Argentina y España será inolvidable dentro de la cancha. Fuera de ella, también quedará como un ejemplo de hasta dónde puede llegar la especulación y la codicia cuando el deporte más popular del planeta se convierte, cada vez más, en un negocio para unos pocos.
