El símbolo más desgarrador de la violencia se vivió en Limoges, donde su histórico Ayuntamiento —un joya arquitectónica de 1883 inspirada en la capital francesa— quedó consumido por el fuego. “Está prácticamente destruido”, confirmó horrorizado el prefecto de Haute-Vienne, Maurice Barate.
No fue un hecho aislado: las alcaldías de Marsella y Lille también sufrieron violentos asaltos tras la ruptura forzada de sus accesos, mientras que en Lyon la oficina de turismo quedó reducida a cenizas, en Ruán ardía un edificio universitario y en Burdeos manifestantes lograban irrumpir en la residencia de la prefecta.
En París, el escenario evoca una zona de conflicto. Calles enteras han sido sistemáticamente devastadas por hordas incontroladas que prendieron fuego a comercios y saquearon zonas comerciales clave, incluyendo los emblemáticos distritos de grandes almacenes.

Emmanuel Grégoire, alcalde de la capital, lanzó un desgarrador diagnóstico sobre el impacto: la ciudad enfrenta un saldo “grave y de inmensa magnitud”, con monumentos vandalizados, patrimonio destrozado y el espacio público destruido.
Mientras las fuerzas del orden —con más de 400 detenciones provisionales en medio de combates callejeros nocturnos— intentaban contener a los «varios miles de alborotadores» identificados por el ministro del Interior, Laurent Nuñez, la crisis institucional estalló en las cúpulas del poder.
La batalla política es tan encendida como el fuego en las calles. El Gobierno arremetió brutalmente contra el líder de la izquierda radical y aspirante presidencial, Jean-Luc Mélenchon, acusándolo de ser el instigador de la deriva violenta.
Mélenchon, tras desmarcarse de los pillajes, culpó a la policía de «abrir la puerta al caos» con una gestión «aberrante», lo que provocó una dura respuesta del primer ministro Sébastien Lecornu y de Nuñez, quienes tildaron sus palabras de «inversión peligrosa y cínica de las responsabilidades».
Desde la extrema derecha, Marine Le Pen acusó a la extrema izquierda de tomar como «rehenes» las demandas sociales para «precipitar al país en el caos». En medio de la marejada y a solo seis meses de concluir un mandato debilitado, el presidente Emmanuel Macron intentó fijar una postura firme, advirtiendo que «no hay ningún lugar para la violencia» y prometiendo un «frente unido» contra quienes solo buscan derribar las instituciones de la República. Francia amanece este domingo conteniendo el aliento ante la magnitud de la devastación.














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