Los estados tienen estructuras para negociaciones nacionales a diferente nivel, y también, a nivel internacional. De ahí el cuerpo diplomático, los ministerios de relaciones exteriores y todo ello. Los abogados, las instancias de conciliación, los mediadores, etc.
Es bueno aprender a negociar. Nos puede hacer más listos y rápidos, y también más flexibles y adaptables. Nos puede hacer más tolerantes y acogedores, más pacientes y mejores oidores.
Sin embargo, en el mundo hay desacuerdos que son irremediables, para los cuales no hay mediación posible. Hay un desacuerdo absoluto y eterno entre el espíritu de este mundo y el Espíritu de Cristo.
La Biblia nos dice en 1 Juan 4.6 que “Nosotros somos de Dios. El que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error.” Son dos caminos, dos reinos, dos gobernantes, dos espíritus, dos series de leyes y valores. Unos van en una dirección; los otros marchan en la dirección opuesta.
A veces, no obstante, parece que quisiéremos reconciliar el Espíritu de Dios con el espíritu del mundo, procurando que nuestro espíritu —que es el de Dios— esté en paz con el espíritu del mundo. Esto es completamente imposible. Jamás, por toda la eternidad, habrá reconciliación entre el Dios santo y Satanás. Esta es una enemistad perpetua.
En esta vida opera el Espíritu de Dios y el espíritu de Satanás en conflicto permanente, en una guerra que se libra en el mundo invisible, aunque con repercusiones y manifestaciones visibles.
Todo ser humano, de una u otra manera, decide de qué lado estar —si del lado de Dios, o de Satanás. En la luz o las tinieblas. En el amor o el egoísmo sin fin.
Al decidirnos por Cristo, el Espíritu de Dios mora en nosotros, y esto representará inevitablemente la existencia de conflictos con este mundo. Y esos roces no se pueden suavizar ni evitar. No hay diplomacia capaz de lograr tal cosa.
Necesitamos, en consecuencia, un compromiso firme en el corazón para obedecer a nuestro Rey y Señor. Una búsqueda constante de Su rostro para estar en condiciones de discernir y comprender el mundo invisible. Un renovado amor por Aquel que merece ser adorado y alabado por siempre. Un impulso diario para anhelar la intimidad y cercanía con quien nos ha hecho Sus hijos.
No hay acuerdo ni lo habrá. No perdamos tiempo ni esfuerzo en esto. Más bien, enfoquémonos en cumplir el propósito eterno de Dios para cada uno de nosotros: que le conozcamos, amemos y sirvamos con todo el corazón.
Walter Neufeld es fundador y presidente de la Fundación Jesús Responde al Mundo de Hoy, Ñemby














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