Los therians representan un fenómeno que desafía conceptos de identidad y corporalidad y plantea preguntas interesantes para la teología cristiana sobre la naturaleza humana, la creación y la relación con Dios. La Biblia enseña que el ser humano fue creado “a imagen y semejanza de Dios”, con una dignidad y propósito únicos dentro de la creación.
“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27)
Esta identidad implica una responsabilidad moral, racional y espiritual que nos distingue de los animales quienes son criaturas de Dios, pero no fueron creados a su imagen y semejanza. Desde esta perspectiva, la autopercepción como un animal plantea un desafío teológico: ¿Cómo se puede entender sentirse como un animal con nuestra vocación humana de reflejar a Dios en pensamiento, palabra y acción?
Los “therians” pueden interpretar su experiencia de manera espiritual, sintiendo que ciertas cualidades animales como el instinto, la libertad o la astucia reflejen aspectos de su alma o de su llamado. Cuando la identificación con el animal reemplaza la identidad humana y la relación con Dios surge un desorden en la vocación espiritual, ya que el hombre está llamado a ejercer dominio responsable sobre la creación y a vivir conforme a los principios morales divinos.
“Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra“ (Génesis 1:28).
Desde la teología cristiana, se enseña que la verdadera plenitud no se alcanza imitando animales, sino viviendo la verdadera identidad en Cristo, desarrollando las virtudes que Dios ha dado a cada persona y ejerciendo la mayordomía sobre la creación con amor y responsabilidad.
El fenómeno therian nos hace replantear cómo entendemos nuestra identidad como personas, pero la verdad bíblica ofrece un marco claro y firme: el ser humano no es un accidente biológico ni una conciencia atrapada en el cuerpo equivocado, sino una criatura creada intencionalmente a imagen de Dios, con dignidad, propósito y llamado eterno. Desdibujar esa identidad no amplía nuestra libertad sino que la fragmenta.
La Biblia no niega que tengamos luchas internas o momentos de confusión sobre quiénes somos, sin embargo, confronta toda percepción que contradiga el diseño del Creador. La plenitud no se encuentra redefiniendo nuestra naturaleza sino redescubriéndola a la luz de Dios. Por lo que no estamos llamados a diluir lo humano en lo instintivo, sino a elevar lo humano hacia lo divino, reflejando a Dios en carácter, verdad y amor.
La invitación bíblica es clara y a la vez esperanzadora: volver al diseño original, afirmar nuestra humanidad creada y encontrar en Dios (y no en símbolos animales o construcciones subjetivas) la fuente verdadera de identidad y plenitud.














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