Pero más allá de los despachos empresariales y las balanzas comerciales boyantes, surge una pregunta que la ciudadanía no puede ignorar: ¿dónde se traducen estos miles de millones en la vida del paraguayo de a pie? ¿existen estadísticas creíbles y verificables de la cantidad empleo que genera este rubro?
El discurso de «creemos en Paraguay y trabajamos por un Paraguay mejor» resuena hueco en el oído del ciudadano común que lucha día a día. El sector celebra que empresas como Hypergrain han triplicado su capacidad de acopio y que están a punto de instalar una planta industrializadora de alta tecnología.
Sin embargo, el motor de este crecimiento, el empleo digno y estable, parece estar estancado. Las inversiones anunciadas suelen estar fuertemente enfocadas en tecnología de punta y optimización logística, procesos que, por definición, tienden a ser capital-intensivos en lugar de mano de obra-intensivos. La tan ansiada planta esterilizadora será un hito tecnológico, pero es poco probable que resulte en una oleada masiva de nuevos puestos de trabajo.
El crecimiento empresarial, aunque impresionante, parece limitarse a fortalecer las estructuras existentes. La narrativa de la chía es la de un «crecimiento empresarial», no necesariamente de un «crecimiento social». El ciudadano ve cómo los commodities (materias primas exportados en estado natural) baten récords y el país se posiciona como líder mundial en un nicho de mercado, pero siente que el monumental flujo de divisas se filtra y se queda en las cúpulas, sin que se produzca el tan necesario derrame económico que impulse la generación de miles de empleos productivos y eleve el nivel de vida general.
LA PROMESA DE LA INDUSTRIALIZACIÓN
La apuesta por la industrialización para agregar valor es un paso crucial y necesario. No obstante, en un contexto donde el país es un gigante mundial en producción, la ausencia de un impacto positivo y palpable en el empleo subraya una falla sistémica más profunda: La riqueza agrícola del país sigue siendo una riqueza de pocos, gestionada con una lógica que prioriza la eficiencia de la exportación y los márgenes de ganancia sobre la redistribución y el desarrollo social.
Mientras el sector de la chía y del maní ajusta las siembras escalonadas para mitigar el impacto de las heladas y consigue nuevos créditos, la preocupación del paraguayo promedio es mucho más fundamental: ¿Cuándo esta «visión de crecimiento» se convertirá en una oportunidad real de trabajo bien remunerado que le permita asegurar el futuro de su familia?
El éxito de la chía es innegable en las estadísticas. Pero hasta que ese éxito no se traduzca en miles de nuevos y dignos empleos, para el ciudadano común, la noticia seguirá siendo la misma: una fiesta de cifras a la que no ha sido invitado.














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