Tanto Cerro Porteño como Olimpia apostaron en los últimos años por entrenadores de alto perfil, con fuertes inversiones económicas que no se tradujeron en resultados ni estabilidad.
En Cerro Porteño, tras un proceso sin éxitos en 2024, la dirigencia decidió apelar al corazón de su historia. Carlos Jara Saguier, uno de los símbolos más representativos del club, fue nombrado entrenador bajo la esperanza de que su conocimiento interno lograran revertir el mal momento. Sin embargo, tal como ya había sucedido en etapas anteriores de su carrera al frente del azulgrana, el proyecto no prosperó. Su paso se limitó a un semestre, dejando más dudas que certezas y, nuevamente, un desenlace doloroso en su vínculo con la institución.
El escenario se repitió en Olimpia un año después. En 2025, tras un comienzo turbulento y una fuerte inversión en varios entrenadores extranjeros que fracasaron, el club decidió apostar por un referente máximo de su historia: Éver Hugo Almeida, ídolo indiscutible como arquero y recordado por su rol de entrenador campeón en etapas anteriores. A pesar de su experiencia, su identidad con la camiseta y su capacidad para generar compromiso interno, tampoco logró sostener los resultados deportivos.
La similitud entre ambos casos es contundente: ni Jara Saguier ni Hugo Almeida superaron un semestre, y sus salidas expusieron la fragilidad de recurrir a figuras históricas como soluciones de emergencia. Lo que en principio parecía un acto de reconocimiento y esperanza terminó reflejando improvisación y falta de planificación institucional.
La situación fue resumida con claridad por un especialista local, quien calificó esta tendencia como perjudicial tanto para los clubes como para sus referentes históricos:
«Es una lástima ver cómo las instituciones, buscando limpiar su imagen tras costosos errores, exponen a sus propias leyendas a un final tan ingrato. El ‘capital afectivo’ de estos ídolos no es un escudo contra la impaciencia directiva, y el resultado es que figuras como Saguier y Almeida terminan mal y despedidos, manchando innecesariamente su relación con el club», lamentó un analista deportivo.
El fútbol paraguayo queda así frente a una reflexión impostergable: el respeto a las leyendas debe ir más allá de utilizarlas como recurso urgente para tapar errores. Los ídolos merecen proyectos estructurados, sostenidos y planificados, no ser expuestos como último salvavidas en medio de crisis dirigenciales.
