“No toda iglesia que habla de Dios representa a Dios”, sostiene el pastor Adolfo Agüero Esgaib en el primer capítulo de su serie de reflexiones, titulada “Fe sin manipulación”. Plantea que la utilización de lenguaje cristiano, la cita de versículos bíblicos, las expresiones de fervor o la capacidad de congregar grandes multitudes no constituyen, por sí mismas, una garantía de fidelidad al mensaje de Jesucristo.
Como fundamento de su reflexión cita las palabras de Jesús registradas en Mateo 7:15-16: “Guardaos de los falsos profetas (…) por sus frutos los conoceréis”. Agüero advierte que la manipulación religiosa puede presentarse bajo formas aparentemente espirituales y utilizar discursos emotivos, música, conceptos bíblicos e incluso mensajes sobre el amor para ejercer control sobre las personas.
Según propone, una comunidad cristiana y sus líderes deben ser examinados principalmente por sus frutos, carácter y trato hacia los demás, y no por títulos, cargos, cantidad de seguidores o supuestos dones espirituales.
LAS PREGUNTAS QUE PROPONE A LOS CREYENTES
En su reflexión, el pastor plantea una serie de interrogantes para que los propios creyentes analicen la comunidad religiosa a la que pertenecen.
Entre ellas, propone preguntarse si Cristo ocupa realmente el centro de la iglesia o si todo gira alrededor de un líder espiritual; si la Biblia orienta las enseñanzas o es utilizada para justificar decisiones; y si existe transparencia y rendición de cuentas.
También invita a observar si la enseñanza conduce a las personas a depender de Cristo o, por el contrario, de una figura considerada “ungida” o de una determinada organización.
Otro aspecto que considera fundamental es la manera en que se ejerce la corrección dentro de las comunidades: si se realiza desde la verdad y el amor o mediante el miedo, la intimidación y la humillación pública.
ADVERTENCIA SOBRE EL CONTROL Y EL ABUSO ESPIRITUAL
Agüero sostiene que determinadas comunidades pueden incurrir en prácticas de control, manipulación, aislamiento y presión psicológica, incluso mientras utilizan un lenguaje centrado en la gracia, la libertad y el amor cristiano.
También cuestiona aquellas situaciones en las que una persona es castigada o señalada por abandonar una congregación o por tomar decisiones diferentes a las establecidas por sus líderes.
En ese sentido, remarca que ningún cargo religioso ni reconocimiento ministerial convierte a una persona en incuestionable. “Nadie está por encima de la verdad ni tiene derecho a controlarte y manipularte”, sostiene.
Para el pastor, una característica de la fe auténtica es precisamente la posibilidad de ser examinada. Del mismo modo, considera que un liderazgo saludable no debería temer a las preguntas, al cuestionamiento ni al desacuerdo de sus miembros.
“EL PASTOR NO PUEDE OCUPAR EL LUGAR DE CRISTO”
Uno de los principales conceptos de su reflexión apunta a diferenciar el papel del líder religioso del lugar que, desde la perspectiva cristiana, corresponde exclusivamente a Jesucristo.
Agüero señala que un pastor puede orientar, acompañar y enseñar, pero no debe convertirse en sustituto de Cristo ni reclamar una autoridad absoluta sobre la vida de sus seguidores. Sostiene que la función de la Iglesia debe ser conducir a las personas hacia Jesús y no generar una dependencia personal del líder o de la institución.
Finalmente, invita a los creyentes a observar los frutos de sus comunidades, contrastar las enseñanzas con la Palabra de Dios y prestar especial atención a la reacción de los líderes cuando alguien pregunta, discrepa o decide abandonar la congregación. “Hablar de Dios no es lo mismo que representar a Dios”, concluye Agüero, al plantear una reflexión que busca promover el discernimiento y una fe libre de manipulación.
