Este fue el eje central de un poderoso discurso dirigido a funcionarios del gobierno, empresarios y líderes cristianos durante el encuentro. El orador confrontó el pesimismo actual con una perspectiva histórica y teológica, argumentando que la prosperidad de una nación está intrínsecamente ligada a su disposición de honrar a Dios.
Para ilustrar su punto, el conferencista planteó una inquietante comparación histórica. Recordó que, a inicios del siglo XIX, tras las independencias de España, las condiciones de América Latina para el desarrollo «eran similares o aún mejores» que las de Estados Unidos o el sudeste asiático. Subrayó que cuando la Universidad de Harvard abría sus puertas, América Latina ya contaba con universidades casi centenarias en Santo Domingo, Lima, Ciudad de México, Sucre, Bogotá, Quito, Santiago de Chile y Córdoba.
Más contundente aún fue el dato económico: «En 1820, el Producto Interno Bruto de México era cuatro veces más grande que el de Estados Unidos», y el PIB total de América Latina «excedía 12.5% al de su vecino del norte». Ante esta realidad histórica, lanzó la pregunta central que resonó en la audiencia: «¿Qué nos ha sucedido? ¿Qué ha acontecido en nuestro continente?»
LA RESPUESTA DIVINA EN TIEMPOS DE CRISIS
El orador diagnosticó la situación actual como un tiempo de desesperación, pero advirtió contra la evaluación puramente humana. Citó el ejemplo de la encarnación: «Aparentemente no era momento propicio cuando Dios se hizo carne. La religión estaba corrompida, el sacerdocio era ejercido por inmorales… Sin embargo, Dios escogió esa época oscura para realizar su obra más extraordinaria».
Con una metáfora impactante, afirmó: «Cuando la hediondez del infierno invade la tierra, Dios desde el cielo envía un soplo restaurador de su Espíritu Santo».
Para aquellos que, como el profeta Habacuc, claman «¿Hasta cuándo, Señor?» ante la maldad y el deterioro de los valores, el orador trajo a colación la respuesta de Dios al profeta, presentándola como una promesa vigente para Paraguay: “Mirad entre las naciones, ved y asombraos, haré una obra en vuestros días que aun cuando se os contare no la creeréis”.
El mensaje fue claro: “No se te ocurra evaluar solamente en lo natural la situación que te rodea. Levanta los ojos, es tiempo de confiar en Dios porque él cumplirá la palabra que ha dado de bendecir a Paraguay y a las naciones de la tierra”.
EL CAMINO HACIA LA VICTORIA: MÁS ALLÁ DE LA SEPARACIÓN IGLESIA-ESTADO
El conferencista profundizó en el camino práctico para que una nación sea “parte de la victoria de Dios”, basándose en la oración del apóstol Pablo a los Efesios (Capítulo 3). Destacó tres peticiones cruciales: Que Cristo habite por la fe en los corazones: Explicó que no se refiere solo al “Cristo Cordero”, sino al “Cristo Rey de reyes y Señor de señores”. Esto implica una rendición total, permitiendo que su gobierno influya en cada área: la mente, la filosofía de vida, el enfoque político y la administración de recursos. Interpretó el «Venga tu reino» del Padre Nuestro como una petición para que el gobierno de Dios se establezca en la vida personal, familiar y nacional.
Dijo que comprender el amor de Cristo en todas sus dimensiones: Describió este amor no como un simple sentimiento, sino como una fuerza activa con altura, longitud, profundidad y, crucialmente, “anchura”. Esta “anchura”, afirmó, es el poder de Dios para romper las divisiones políticas, étnicas, económicas y denominacionales, creando “una familia para Dios y un reino para Jesucristo”. Elogió las obras sociales, educativas y de compasión de la iglesia como una “brillante expresión” de esta anchura.
Ser llenos de toda la plenitud de Dios: Aunque admitió que es un concepto inabarcable, el orador lo presentó como la meta final. Así como Jesús, en su humanidad, habitó “toda la plenitud de Dios”, la oración de Pablo es que la iglesia, el gobierno y las naciones sean llenas de esa misma plenitud: su gracia, compasión, justicia, transparencia e integridad.
En este punto, hizo una aclaración vital para la audiencia de líderes políticos: “Estoy de acuerdo con los que creen en una total separación de la iglesia y el Estado, pero creo con toda la fuerza de mi alma que es imposible separar al Estado de Dios”.
UNA PROMESA PARA PARAGUAY
El discurso concluyó con una nota de “dulce emoción” y una promesa directa para la nación anfitriona. El orador declaró que, “bíblica e históricamente hablando, cuando los líderes de una nación… se detienen por un momento para alzar los ojos al cielo, sé ciertísimamente… que es el comienzo del desarrollo pleno de una nación en justicia, en derechos humanos, en distribución de bienes materiales, en el orden para la familia”. Refiriéndose al éxito actual de Paraguay, aseguró que “es apenas un mínimo de lo que Dios puede hacer si te atreves a creerle a Dios, a amar a Dios y a respetar los valores de Dios”.














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