El legislador recordó que los principios judeocristianos y los valores de la civilización occidental han sido el fundamento sobre el cual se edificó el Paraguay, y que la tarea de cada generación es protegerlos y transmitirlos. “El alma de la nación no puede perderse —afirmó—, porque cuando un pueblo deja de mirar a Dios, pierde su rumbo moral, su cohesión social y, finalmente, su verdadera libertad”.
En un tono reflexivo, compartió la experiencia de un encuentro con un líder religioso extranjero, quien lo instó a no repetir los errores de las naciones desarrolladas que, habiendo alcanzado altos niveles de prosperidad económica y cultural, se han empobrecido espiritualmente. “Mi país es rico y educado —le dijo aquel religioso—, pero es pobre en el alma. Nuestras iglesias se convirtieron en bibliotecas o discotecas; ya no se ora, ya no se alaba. Cuiden ustedes el alma de su nación, porque cuando eso se pierde, es casi imposible recuperarlo”.
FE, CONSTITUCIÓN Y VALORES NACIONALES
Vinculó estas reflexiones con los valores consagrados en la Constitución Nacional del Paraguay, documento que —recordó— invoca a Dios desde su preámbulo y reconoce expresamente la centralidad de la fe, la vida y la familia como pilares del orden social. “Algunos nos acusan de defender consignas retrógradas cuando proclamamos ‘Dios, Patria y Familia’. Pero lejos de ser un dogma ideológico, es la expresión más profunda de nuestra identidad nacional. Nuestra Constitución, inspirada por Dios aunque escrita por hombres, reconoce la vida desde la concepción y consagra a la familia como la base fundamental de la sociedad”, señaló.
Hizo asimismo especial referencia al Art. 4° de la Carta Magna, que protege el derecho a la vida desde la concepción. “Esa es una verdad biológica y espiritual innegable. Como médico lo sé: desde la primera célula, ese nuevo ser posee todo el material genético que, con tiempo y cuidado, lo convertirá en uno de nosotros. Defender la vida no es una postura política, es una obligación moral”, remarcó.
Del mismo modo, destacó que la familia —entendida como la unión estable entre el hombre y la mujer— es el núcleo de la sociedad y debe ser resguardada frente a ideologías que intentan redefinir su esencia. “Hoy, en muchos lugares del mundo, se intenta separar la fe de la vida pública, como si el ser humano pudiera desligarse de su Creador. Pero eso es imposible. Fuimos hechos a imagen de Dios, llevamos en nosotros una parte de su espíritu, y solo en Él encontramos plenitud”, reconoció.
UNA ADVERTENCIA SOBRE LOS TIEMPOS ACTUALES
El presidente de los diputados también alertó sobre los desafíos morales y espirituales que enfrenta la humanidad contemporánea. Señaló que la fe y la vida son hoy objeto de ataques sistemáticos, disfrazados de discursos de libertad o progreso, pero que en el fondo esconden visiones egoístas y deshumanizantes. “Se nos dice que un hijo no deseado puede afectar la felicidad de la madre, que la vida debe depender de la voluntad de otro. Pero ¿qué ocurre con la otra mujer, la que aún no nació, la que no tiene voz ni defensa? No hay derecho humano más fundamental que el de vivir”, subrayó.
En ese sentido, recordó que la conducción del Estado no puede desvincularse de los valores espirituales, porque “todo bien que existe en el corazón del hombre proviene de Dios”. “Sin Él —advirtió— no hay justicia verdadera, ni compasión, ni civilización posible. Las sociedades que expulsaron a Dios de su centro pronto se desmoronaron, porque ninguna estructura humana puede sostenerse sin el alma que la anima”.
UN LLAMADO A LA FE Y A LA UNIDAD NACIONAL
Inspirado en las Escrituras, el presidente evocó el pasaje del rey Josafat, quien ante una gran amenaza reunió a su pueblo para buscar la guía divina. “Jehová os dice así: no temáis ni os amedrentéis, porque no es vuestra la guerra, sino de Dios”. Esa cita bíblica, dijo, refleja el espíritu que debe guiar a los paraguayos ante los desafíos del presente: “Si Él es con nosotros, ¿quién contra nosotros?”.
Exhortó a la ciudadanía y, en especial, a las iglesias, a mantener viva la llama de la fe que ha dado identidad al Paraguay. “Nuestro gran desafío es seguir siendo la sal de la tierra. Que el Paraguay se desarrolle, que crezca en producción, en educación, en seguridad, pero que nunca renuncie a lo que lo hace único: su alma creyente, su respeto a la vida y su fe en Dios”, sostuvo.
Concluyó reafirmando que el país puede y debe avanzar hacia el progreso, pero sin abandonar su norte moral. “Podremos no ser el país más grande del mundo, pero somos una nación con alma. Aunque sigamos siendo una isla rodeada de tierra, que el Paraguay siga siendo también una isla moral, donde se defienden los principios de la civilización occidental, la dignidad de la vida y la fe en Jesucristo, el único camino, la verdad y la vida”, remarcó.













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