El historiador de la colonia, Korny Neufeld, invitado del programa El Chaco Avanza por RCC, relató en detalle cómo se forjó esta gesta que marcó para siempre a la región. La misma se celebrará este martes 25 de noviembre.
EL ÉXODO: HUIR PARA VIVIR
Los ancestros de Fernheim habían vivido por 150 años entre Ucrania y Siberia. Tras la Primera Guerra Mundial, el régimen soviético volvió casi imposible la vida de las comunidades cristianas: se prohibió la libertad religiosa, se restringió el uso de idiomas propios y se presionó a los agricultores independientes.
Entre 15.000 y 18.000 menonitas intentaron abandonar la Unión Soviética, pero en el año 1929 las fronteras se cerraron. Un tercio del grupo logró salir; el resto fue deportado nuevamente a Siberia. El 25 de noviembre de 1929, luego de complejas negociaciones internacionales, cerca de 5.700 personas obtuvieron permiso para abandonar el país en nueve trenes. Muchos aspiraban a emigrar a Canadá, pero el país aceptó solo a jóvenes sanos. Unas 1.700 personas quedaron sin destino.

Entonces apareció la alternativa inesperada: Paraguay. El país, con una colonia menonita ya establecida (Menno) y tierras disponibles a través de la firma Carlos Casado, se convirtió en su única opción. “No fue la mejor opción: fue la única”, explicó Neufeld. Para los menonitas, la exoneración del servicio militar —innegociable por sus convicciones pacifistas— fue clave en esa elección.
EL VIAJE Y LA LLEGADA AL CHACO
En Alemania, mientras esperaban su partida, las familias se organizaron en campos de refugiados y adquirieron herramientas, utensilios, carpas, arados, incluso una imprenta, una máquina de vapor y un aserradero comunitario. El viaje en barco, financiado íntegramente a crédito, los llevó hasta Buenos Aires y luego por ríos hasta Puerto Casado.
Desde allí, un pequeño tren los trasladó 145 km hasta Punta Riel. Los colonos de Menno los recibieron con carros tirados por bueyes y los llevaron a los primeros asentamientos: Trébol y las aldeas donde se fundaría la colonia Fernheim.
Con carpas, pozos improvisados y herramientas básicas, comenzaron a levantar sus aldeas. “Cuando llegamos, mi abuelo dijo: ‘Chicos, ahora estamos en casa’. Ninguno tuvo añoranza de volver”, recuerda Neufeld, pese a que la tifoidea cobró vidas en las primeras semanas.
LOS PRIMEROS DESAFÍOS: AGUA, ENFERMEDADES Y GUERRA
El agua fue la batalla más dura. Muchos pozos daban agua salada o insuficiente. Recién en 1931, tras varios intentos, se encontró el lente de agua dulce que permitió fundar Filadelfia. Otro lente importante se halló en Campo Aroma.
A ello se sumaron las enfermedades, la escasez de alimentos, la deuda contraída para el viaje y la compra de tierras. Carlos Casado cobraba 20 dólares por hectárea; Fernheim adquirió 66.330 hectáreas, pagando con años de trabajo y renegociaciones.
Poco después, estalló la Guerra del Chaco. Las aldeas del norte vivieron con temor de incursiones bolivianas, y los pueblos indígenas sufrieron desplazamientos y muertes por ser considerados espías.
EL ENCUENTRO CON LOS PUEBLOS ORIGINARIOS
Pese a las dificultades, el encuentro entre menonitas y los pueblos indígenas —especialmente los Enhlet— se dio en un ambiente de respeto. Los menonitas encontraron en ellos aliados pacíficos, y con el tiempo se sumaron otros grupos: Nivaclé, guaraní Occidental, Mascoi y Ayoreo. Hoy conviven nueve grupos étnicos en la zona de influencia de la colonia.
LA CONSTRUCCIÓN DEL DESARROLLO
Los primeros cultivos se centraron en el autoconsumo, y luego en algodón y maní para generar ingresos. La ganadería comenzó con animales de baja calidad, lo que llevó a varias importaciones de razas mejoradas desde Estados Unidos, incluyendo un histórico vuelo en los años 60 que trajo más de cien animales directamente a Filadelfia.
A partir de los 60 y 90, innovaciones agrícolas —como el pasto búfalo y la siembra directa— permitieron ampliar la producción incluso en tierras boscosas y arcillosas. Esto consolidó la economía regional.
LOS PILARES QUE SOSTIENEN A LA COMUNIDAD
Fernheim resume su identidad en tres valores fundamentales: fe, trabajo y unidad. Estos pilares están simbolizados en monumentos comunitarios, como el de los pioneros y el portal de la libertad, que recuerda aquel 25 de noviembre de 1929 cuando las familias cruzaron la frontera soviética hacia Letonia, dejando atrás todo lo conocido.
Las celebraciones también buscan transmitir a los jóvenes la conciencia histórica del sacrificio realizado. “Cada generación puede ser pionera”, sostiene Neufeld. “Este país y esta libertad nos fueron dados por gracia de Dios, y eso nos hace responsables de seguir construyendo”.
UNA MEMORIA QUE IMPULSA EL FUTURO
Este noviembre, la colonia Fernheim vuelve a reunirse para honrar una historia escrita con lágrimas, esfuerzos y esperanza. Una historia que logró convertir el desierto en hogar, y que sigue recordando que la fe y la resiliencia pueden cambiar destinos enteros.